“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;”
Efesios 6:11-18 RVR1960
https://bible.com/bible/149/eph.6.11-18.RVR1960

Es terrible no orar. Hoy, no me cabe duda de que dejar de orar un día es de lo peor que hay en este mundo. Por ahí hay una frase que un día en el que no rías es un día perdido, nunca me gustó mucho porque es como forzar lo que llamamos felicidad, y eso puede derivar en una falsa sensación de alegría. Claro que es bonito poder reír cada día, pero si hay días en los que los problemas abunden no podemos simplemente reír y ya. No es un bastión seguro al cual aferrarse. Además no se pierden los días, pues todo día sobre la tierra es una bendición de Dios, y esto es así independientemente de que riamos o no, de que nos sintamos bien o no.

Yo diría más bien que un día en el que no ores es un día en el que te debilitas. Es un día en el que no buscas la voz de Dios, que es la que te da sabiduría para discernir y entender, y fuerzas para persistir y vencer. Es un día en el que dejas de ponerte Su armadura, y por ende eres más susceptible a que el mal te tiente, a que los impulsos de la carne te dominen, a que el temor y la duda te rodeen.

Cuando no comienzo mi día orando, puedo sentir la fragilidad de cada cosa que hago. Es como si construyera un castillo de naipes, que corre un riesgo permanente de derrumbarse, que me obliga a esforzarme el doble para poner cada cimiento, para añadir cada piso; un castillo que por mucho que me esfuerce, nunca será todo lo alto que pudiera ser si lo construyera con rocas. Y hay una sola roca: Jesús. No orar es no invitarlo a Él a nuestro día, y más allá de los milagros sobrenaturales que pueda obrar para que ‘todo nos salga bien’, al no hacerlo perdemos esa paz que supera el entendimiento humano y que nos puede acompañar en todo momento y en todo lugar. Y puede que al final las cosas salgan bien, pero si no, ¿dónde estará puesta nuestra tranquilidad?

“Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa.”
S. Lucas 6:47-49 RVR1960
https://bible.com/bible/149/luk.6.47-49.RVR1960

AMÉN Y AMÉN.

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